Nunca sentí las palabras tan ineficientes como hasta ahora. Nunca significaron tan poco como hoy. He buscado distintos fonemas para tratar de explicar lo que en mí significas. La justicia creo que ya sólo se aplica a jurisdicciones, no al ser humano.
Hoy sin querer, tomé un paso adelante ante un público insensible, indolente. Me expuse sin notarlo al veredicto de personas que al abrir su boca se distanciaron leguas de lo que yo consideraría influencias deseables.
Hoy sentí rabia, pero también sentí más amor que nunca. Quisieron hacerme sentir tan equivocada, que sólo lograron convencerme más de que no debo escucharlos.
He sido el mundo. He sentido la derrota al no cumplir las metas diarias que me impuse queriendo ser algo que no soy. Sentí la dicha que otorga el no ceder ante las presiones por las que muchas veces pasamos sin siquiera darnos cuenta. Tuve vergüenza por las facetas que adquieren aquellos por quienes nos dejamos representar para facilitarnos la vida.
Hoy sentí. Pasé por tantos estados que me recordaron lo que es la vida. Una sola unidad reutilizada, renovada y transformada, pero jamás destruida. Un movimiento constante.
Sentí el mundo, entre otras sensaciones que prefiero no describir, porque sólo lo sabemos tu y yo. Ese "tu y yo" fue lo que no se fue con el resto de lo que sentí del mundo.
Qué más puedo decir, como una utopía del cartero fiel, PREVALECES a pesar de los malos pronósticos. Tal vez no seas tú quien permanece estoico, tal vez sea mi imaginación la que transforma las señales que emanas, pero que importa, cuando una idea te hace feliz, es sólo eso, eres feliz.
sábado, 25 de septiembre de 2010
viernes, 10 de septiembre de 2010
"Y sabrás como quieren en Chile..."
En 1942, Chito Faró compuso un vals llamado “Si vas para Chile”. Para muchos, es odioso, añejo, molesto y hasta cursi, sin embargo, y pese a tantos sentimientos que años de escucharla nos generan, desde que se creó ha sido un himno representativo de la añoranza de nuestro país para quienes lo llevan en la memoria y se encuentran lejos de él.
Para los más críticos, la frase “verás como quieren en Chile al amigo cuando es forastero” es un cliché absoluto, pero para quienes lo han vivido en carne propia representa una cursilería amorosa, un gesto de aquellos extraños con los que compartieron experiencias breves, y sobre todo, los lazos que formaron en un lugar tan alejado de sus vidas, su cultura y amores.
El proceso puede parecer engorroso, pero no lo es. Por el contrario, descubrimos que la llegada al país que te recibe es bastante amigable. Desde antes de que tomes el avión, la coordinadora de relaciones internacionales, Patricia Abrigo, ya se convierte en una especie de madrina. Se encarga de visitar las residencias que podrían gustarte, o las familias que podrían recibirte con las cuales podrías simpatizar.
Lo principal es venir con un seguro médico, porque, seamos sinceros, cualquiera que esté lejos de los ojos de su país, lo toma como unas pequeñas vacaciones, y ¿quién no quiere un poco de locura durante ese período?
Patricia, la llamada “madrina” de los estudiantes de intercambio se encarga de preparar la llegada de los visitantes, pero su misión no se queda detrás de su escritorio, y Damaris Zúñiga, estudiante mexicana, es el mejor ejemplo.
Dama, como le llaman todos quienes la conocen, caminaba por avenida Pedro de Valdivia con Providencia, cuando un vehículo motorizado arremetió con ella con furia. En otras palabras, la atropelló una moto. Resultado: un sin número de exáménes y 16 puntos en la frente. Patricia, coordinadora, acudió a la clínica, y se sorprendió con lo estratoférico de la suma de la cuenta. Como ven, el seguro médico sirve, y mucho.
“Está bien loca la gente de Chile, pero no cambiaría mi estadía aquí por nada. Dejé buenos amigos, y me llevé una cicatriz de diez centímetros que no opaca la experiencia que me entregó Santiago, pero cuando vuelva a mi país, tendré que relajarme un poco, Santiago vive muy rápido”No teman, casos extremos como éste son pocos. Soila Rabaioli llegó en 2009 proveniente de Jaborá, Brasil para estar dos semestres de intercambio. Actualmente estudia comunicaciones en la Universidad UNOESC.
Una vez en nuestra universidad, Soila tomó ramos de publicidad y periodismo.
“Fue una experiencia fantástica. Imagínate que cuando llegué, no hablaba nada de español. Con el tiempo y luego de escuchar varias clases, empecé a entender de a poco. “Debo decir que mis profesores y alumnos fueron muy pacientes conmigo, aunque cuando hablaba, escuchaba más de una risa”.
Soila arrendó junto a una amiga un departamento en Providencia. Comenta que sus salidas nocturnas fueron restringidas porque no es de su agrado la bohemia. Uno de los recuerdos más positivos que atesora en su memoria es una salida que hizo junto a sus compañeros de publicidad a Algarrobo. “Fue emocionante, quizá no por el lugar en sí, sino que por lo que aprendí de mis compañeros. Además en lo académico me siento con más experiencia que mis compañeros. Aprendí un idioma, me acerqué a una cultura distinta, y obtuve conocimientos de la televisión chilena”.Alejandra Corvalán, estudiante de periodismo de la Universidad del Pacífico, conoce muy bien el proceso que deben atravesar los alumnos interesados en cursar semestres en el extranjero, ya que ha experimentado ambas caras de la moneda.
El año 2008, tomó sus maletas y decidió irse por un año de intercambio a una universidad de Texas, en Estados Unidos. Experiencia que ella califica como única porque tuvo la posibilidad de conocer otra cultura, y otro idioma, en profundidad.
Entre sus responsabilidades se encuentra la de ayudarlos con el idioma, recibirlos al llegar a nuestro país, y ayudarlos con las materias. Algo así como anfitriona, guía espiritual y maestra. Frente a la interrogante, de cómo nació la oportunidad de convertirse en una guía de alumnos extranjeros: “Siempre quise hacer un reportaje sobre intercambio y entre conversas, Patricia, la Coordinadora de Intercambio me propuso esta idea de los “Buddies”, que está recién aplicándose este año. Me mandaron los correos para inscribirme, y me inscribí”.
He aquí la evidencia. Sólo se requiere valor. Valor para armar las maletas con lo necesario, entregarse y dejarse querer. Hasta ahora nada ha pasado que no valga la pena, y si no valió la pena, es porque se equivocó de universidad, y no fue a la del Pacífico.
jueves, 9 de septiembre de 2010
Aquella..
Tengo ganas de decirte que te amo. Tengo ganas de con mi afecto acortar las distancias que nos separan. Tengo ganas de que me digas qué tanto logro hacerte sentir querido.
Me gustaría poder ver lo primero que captura tu mirada cuando despiertas, y lo que tratas de evitar cuando vas a dormir.
Quisiera soñar contigo, y que tú sueñes conmigo. Tengo ganas de con mi afecto acortar las distancias que nos separan.
Tiempo es lo que me sobra, y paciencia es una virtud que las horas han debido regalarme. He tenido que obtenerlas a la fuerza si es el amor tal como dicen, solo el acto de entregarse.
Tengo ganas de decirte que te amo. Tengo ganas de con mi afecto acortar las distancias que nos separan.
He extraviado miles de cosas, nombres, lugares. Se han ido lejos del recuerdo. Me alegro de haberlo hecho. He encontrado tu figura, tu nombre, mi lugar.
He perdido la noción de lo que era antes de ti. He perdido elocuencia como un tipo de nueva experiencia. Todo lo que significas hoy me da más consistencia.
He perdido la noción de lo que era antes de ti. He perdido elocuencia como un tipo de nueva experiencia. Todo lo que significas hoy me da más consistencia.
A veces no soy yo. Hay mañanas en que no sé si he despertado aun. A veces quisiera ser quien tú crees que soy. Son más los días en que quiero ser cualquier cosa menos lo que tú crees que soy.
Hoy quisiera ser el lugar que te conserva. Ser el sol que te despierta y ser el sueño del que no te acuerdas.
jueves, 26 de agosto de 2010
Comunicación Efectiva
El mundo que conocemos está formado por los significados que le damos. Nada en el mundo tendría sentido si no pudiésemos comunicarlo. Es el lenguaje lo que establece los parámetros para entender todo lo que nos rodea.
Según la visión generativa del lenguaje, éste es acción. La palabra tiene el poder de transformar. Cuando hablamos, actuamos, y al actuar intervenimos. Esta visión pretende explicar que construimos y transformamos la realidad en torno a cómo hablamos de ella.
El lenguaje nos constituye en la medida que somos nuestras conversaciones. La manera como conversamos con otros y con nosotros mismos determina quién y cómo somos. Es la base para formar relaciones y comunicaciones efectivas para el rol que sea que desempeñemos en nuestra vida.
Según los axiomas de la comunicación de Paul Watzlawick, es imposible no comunicar. Aunque no lo queramos, siempre emitimos algún mensaje, ya sea a través de nuestra postura, expresiones o por aquello que tenemos en nuestras mentes y no queremos decir.
La forma en que comprendemos el mundo está estrechamente ligada al aprendizaje. Hay elementos básicos que nos enseñan nuestros padres, como el que el lugar donde preparamos aquello de lo que nos alimentamos se llama cocina, o que lo que nos limpia es agua.
El lenguaje valida lo que aprendemos. Es la base fundamental de lo que conocemos, pero estos conocimientos toman distintos cursos en cada persona. La percepción que cada uno tiene del mundo se funda en gran parte en nuestras experiencias pasadas, pero también en nuestra biología. Los órganos sensoriales no funcionan con exactitud en cada persona, es por eso que no para todo el mundo el volumen de voz de su interlocutor puede tener niveles agradables o desagradables, por ejemplo, y muchas veces cosas como esas definen nuestra disposición hacia distintas cosas y personas que nos rodean.
Muchas veces no estamos conscientes de estas diferencias de la percepción de cada uno. “Uno dice lo que dice, y el otro escucha lo que escucha”. Esa es una brecha de la que no muchas personas piensan en hacerse cargo. Probablemente muchos problemas de la vida diaria podrían evitarse si consideráramos estos puntos a la hora de interactuar.
En la vida cotidiana quizás no sea un problema, pero sí a la hora de establecer relaciones profesionales, en las que es fundamental que el mensaje dado sea completamente comprendido, ya que es necesario para cumplir con las tareas a cumplir en pos de una meta. A eso se refiere el concepto de comunicación efectiva.
Una buena comunicación depende de cuánto estamos dispuestos a poner de nuestra parte para tener un entendimiento positivo. Requiere paciencia y dedicación el intentar acortar la brecha entre las personas en cuanto a las percepciones individuales.
Hoy en día, cuando los medios de comunicación han tenido una evolución gigante, es fundamental entender el alcance que pueden llegar a tener nuestras palabras, especialmente porque no vivimos aislados, sino que muchas veces dependeremos de otras personas para cumplir metas.
Estamos inmersos en una realidad individualista que nos aleja del otro y perdemos la capacidad de empatizar con las personas. La satisfacción personal es la principal meta en la vida de las personas, lo que puede hacer que olvidemos que muchas veces el aprendizaje colectivo es parte del personal.
Particularmente nunca me planteé la idea de la responsabilidad que se puede tener para con otros durante el proceso de aprendizaje hasta este momento. Muchas veces sin darme cuenta me vi a la cabeza de un equipo de trabajo, dirigiéndolos porque tenía más confianza en mi dando instrucciones que en los demás asumiendo responsabilidades.
Uso la palabra “equipo” porque así se le llama a los grupos de personas con un fin común, pero con una amistad de por medio. Creo que existe la posibilidad de que en esos momentos me haya considerado líder, pero por la responsabilidad que conlleva, el simple hecho de pronunciarlo en voz alta lo hace real, y temí que el fracaso, en caso de haberlo, se atribuyera a mi poca capacidad, asique sólo actué, sin externalizar lo que aquello representaba.
Afortunadamente cuando asumí aquel rol obtuvimos resultados satisfactorios, pero me quedó siempre la duda de cuales hubiesen sido los resultados si en lugar de sólo dirigir hubiese alentado a mis compañeros a plantear nuevas ideas. Los resultados hubiesen sido distintos, pero no sabré si mejores o peores.
Tiempo después, me vi en circunstancias opuestas. Dejé que otras personas asumieran la responsabilidad de liderar grupos de trabajo en los que participaba. Digo “grupos” porque ya no hubo una amistad de por medio, sino sólo una fin común.
Frente a esto mi nivel de compromiso se redujo, pero no podía dejar de notar que la forma en que nos guiaban no era la correcta. La forma de delegar responsabilidades o la manera de pedirlo me parecían equivocadas. No veía un apoyo positivo ni que intentaran incentivarnos.
Muchas veces tuve ganas de intervenir y tomar las riendas, porque sentía que había mucho potencial que explotar entre los miembros del grupo. Veía que quienes asumían el liderazgo lo hacían en el rol de aquellos líderes que delegan, pero en el contexto de un grupo de inmadurez, con necesidades de orientación, donde lo ideal era un líder que dirigiera y diera apoyo al grupo.
Ahora las oportunidades de empatizar se hacen más difíciles. Los miembros de grupos o equipos de trabajo se comunican a través de internet. Las posibilidades de lograr una comunicación más efectiva entre los miembros se dificulta. Es más difícil evaluar y deducir el comportamiento de los demás miembros, por lo tanto podemos estar frente a conflictos que mermen la productividad sin si quiera darnos cuenta.
El compromiso para lograr una meta es personal, y terminamos asumiendo que los demás quieren lograr lo mismo que nosotros, y nos equivocamos, porque las prioridades, y por lo tanto el nivel de compromiso con la tarea, pueden ser completamente opuestos.
Este nivel de compromiso es muy importante, especialmente cuando estamos hablando de tareas que no cesan, como podría ser en el caso de trabajar en alguna empresa, o para el mismo caso, un cargo permanente en lo que sea. Así como los descubrimientos y la información aumentan día a día, el deseo de perfeccionarse para lograr los mejores resultados debe ser paralelo.
Retomando la idea del comienzo, el lenguaje es fundamental a la hora de trabajar con más personas por un fin común. Internet y sus herramientas para comunicarse entorpecen la comunicación efectiva. Así como nos entrega millones de conocimientos nuevos a diario, nos aleja del conocimiento principal para lograr un aprendizaje efectivo. Nos aleja del entendimiento de la conducta de quienes nos rodean e influyen en nosotros, engrandeciendo la brecha de la comunicación efectiva. Sin eso, carecemos de las bases para comprender tantos hechos que nos rodean e inciden en nuestra propia conducta y entendimiento de nuestro medio. Nos impide identificar conflictos, y si éstos no se solucionan, frenos nuestro propio progreso.
Nos encontramos frente a un escenario de cambios globales. Al menos yo, me veo en la necesidad de entender lo que motiva tantas conductas y hechos, antes de buscarles una solución.
Pienso que antes de delegar tareas, hacer declaraciones o afirmaciones sobre algún hecho concreto, hay que tratar de conocer el contexto en el que me desenvuelvo. Tratar de “meterse en la mente” de mis compañeros en una forma de identificar los potenciales de cada uno. Así cada tarea cae en las manos de la persona mejor capacitada para lograr los mejores resultados posibles, y bueno, somos personas, en cualquier ámbito de nuestras vidas necesitamos saber que no estamos solos, y el apoyo es fundamental para generar motivación, y así, un compromiso sólido.
Esto no quiere decir que pretenda ser condescendiente con las personas. La sinceridad hacia compañeros es primordial, pero también hacia uno mismo. La crítica debe ser siempre constructiva. Trato de hacer entender a las personas que la mediocridad no es buena para nadie, y es un regalo casi divino el que tengamos la capacidad de constante superación.
Puede parecer un poco utópico, pero cuando nos damos el tiempo de conocer, y nunca dejar de hacerlo, fortalecemos las bases para adoptar retos cada vez mayores.
domingo, 21 de marzo de 2010
Solo es lo que es
A veces el destino tiene un sentido del humor bastante peculiar, especialmente cuando se trata de las jugadas que nos hace a nosotros mismos, por que, reconozcámoslo, solo cuando nos pasa a nosotros es cuando lo notamos, y justamente es de nosotros de quien el destino más ríe.
A mí me enseñaron que es malo jactarse de la desgracia ajena. Primero, porque todos somos iguales a los ojos de Dios, cualquier Dios espero, sino, me sentiría decepcionada al darme cuenta de que he estado respetando al Dios equivocado. En segundo lugar, el dolor no se le debe desear a nadie; y en tercer lugar, porque en algún momento de la vida, podría ser uno mismo de quién se rían, y asumámoslo, no nos gusta que se rían ni de nosotros ni con nosotros.
Esta cosa del destino es muy amigo de la ley de Murphy, creo…humildemente. (Temo que mis palabras repercutan). Tengo la seria sospecha de que se juntan una vez a la semana en algún café bien desapercibido del centro a tramar las rachas de los que nos entregamos bajo su criterio.
Dada la certeza con que somos bombardeados a lo largo de la vida, he llegado también a creer que deben tener una sucursal en cada ciudad, sino, ¿Cómo logra el destino darnos en los puntos exactos que necesitan ser tocados? Debe ser un trabajo meritorio de bastante estudio para su aplicación, y para eso, se necesita tiempo, sino, sería una irresponsabilidad.
Ya que somos tantos, gracias a… ( dadas las circunstancias y el contexto de lo que aquí se habla, he limitado mis expresiones, asique cada quién calce la frase con lo que más le acomode) hay momentos en que pasamos a segundo plano, no debemos ser egoístas al pensar que el destino sólo está pendiente de nosotros. No. Somos varios cientos de millones. El problema es cuando retoma nuestro folio.
Y otra vez nos toma el pelo. Se ríe un poco y luego nos deja “stand by” hasta nuestro próximo encuentro, misma hora, mismo canal, manténgase en sintonía. Si algo tiene que salir mal, así será.
Debo recalcar que ese humor que cae sobre nosotros no es siempre negro. Algunas veces de verdad es un humor que se puede disfrutar con una pilsener. Creo que entre nosotros nos conocemos bien. He aprendido a estar alerta cuando el momento de mi turno está por presentarse. Reitero, humildemente.
Este año ha cambiado la mecánica de esta interacción. Parece que estoy más grande porque ya no me “piko” (perdón por la palabra) cuando me sale con una sorpresa nueva. Aprendí que donde manda capitán…
Somos simples marineros. A algunos nos gusta el ron más que a otros. Lo que me lleva a desviarme del tema, perdón, pero no puedo evitarlo. Siempre soñé con ser pirata, en un mundo paralelo donde pudiera ser siempre joven como Peter Pan; y donde pudiera andar sucia, peluda y hedionda, y seguir siendo sexy. La rudeza fue un producto que siempre quise adquirir, pero no se lo digan a nadie. Y así como la canción, poder decir “Con una botella de ron, la vida pirata, la vida mejor”.
La vida sin trabajar, la vida sin estudiar, y un sireno esperándome en el fondo del mar. Parece que al señor destino no le gusta el ron. Debe haber realizado con Murphy una farra épica. Pero aquí sigo. Sin canciones, sin ron; depilándome cada dos días, y aún sin curarme de espanto respecto al extraño sentido del humor de quien mueve los hilos por estos lados inocuos restantes de un festival pirotécnico a gran escala llamado Big Bang.
Somos la sobra del polvo de estrellas, en un mundo brillante y con vientos que soplan desde todos los rincones del universo. No me atrevo a decir que somos insignificantes, solo muy pequeños. Somos significantes entre pequeñeces. Nos merecemos unos a otros, eso sí, insertándonos dentro de categorías basadas en criterios pequeños y significantes, connotados o denotados, a estas alturas a nadie la importa. Solo queremos diferenciarnos nadando en un mar de polvo. Polvo de estrellas en un mundo brillante.
No sé por qué cada vez que trato de analizar algún aspecto de la vida en general, ya sea personal o colectivo, las palabras de mi abuela vuelven a mi mente como si lo hubiese dicho intencionalmente esperando el momento determinado en que podría aplicarlas. El destino se sigue burlando de mí, aunque esta vez no soy la única. También le jugó una buena a mi abuela, lo que me da a entender que ir a misa tres o cuatro veces a la semana no se libra de ser balanceada en el columpio divino. Nadie es profeta en su propia tierra, (otra vez recurriendo a los clichés, my god) y con aproximadamente 74 años (no existe el valiente que se atreva a verificar los datos duros desde la fuente primaria) ella tampoco lo ha conseguido. Le tomó años para que sumensaje fuera escuchado, y resultó que no fue escuchado de ella misma sino de un viajero en tránsito que pasó dejando su huella.
El mérito no es menor. Años de escuchar a la persona más insistente de la zona aledaña no tuvieron el mismo efecto de las mismas palabras salidas de otra boca. Y qué boca. Daría mucho que hablar. No es la idea desviarse de la idea, aun más, por una boca encantadora pegada a una persona intrigante.
domingo, 28 de febrero de 2010
Encontrar lo que se busca y huír de lo encontrado
Solemos correr tras nuestros sueños, los que van cambiando con un descaro a veces increíble. Hay sueños que son tan frágiles que nos duran menos de lo que nos demoramos en establecerlos. Creemos que sabemos lo que queremos, pero nuestros deseos son variables, a veces más de lo que quisiéramos. Los anhelos de la infancia pocas veces nos siguen hasta la adultez. El mundo común y corriente se entromete en lo más profundo de nuestro ser, bloqueando la capacidad de fantasear. Muchas veces con solo abocarnos a pensarlos es suficiente, reanima. Sabemos que hay cosas que son imposibles, pero cuando lo mundano corroe hasta eso nos vemos en un problema. Eso significa abandonarse. Entregarse a una máquina impersonal a la que no le importa quién seamos, sino sólo qué podemos aportar a la masa. De nuevo apelo a los recuerdos sobre mi abuela; me hace pensar que todo eso no significa más que madurar.
Madurar para mí, y espero que para nadie más lo sea; significa dejar de soñar, y empezar a trabajar. Hacer andar la máquina. Engranajes. Piezas. Ritmo constante e hipnotizante. Peter pan hubiese sido uno de los tantos suicidas estresados por el ritmo de la ciudad y la modernidad. Una víctima más. Lamentable, pero cierto. Y deben haber muchos más en el mundo que podrían encajar con el mismo perfil. Inadaptados se les podría llamar. Soñadores, flojos, incapaces, etc.
Hubo un período en mi vida en el cual me dejé llevar por los sueños. No fui muy lejos, porque eran sueños de aquellos que son aceptados por la sociedad. Aquellos que el alma refleja mientras dormimos, mientras estamos vulnerables, uno de los pocos momentos diarios en que el alma y la mente subconsciente se pueden manifestar sin ser callados. Me quedé atrapada. Viví a través de sueños por un largo tiempo. Me negué a volver a la realidad. Eso, hasta que el mundo comenzó a rozar su camino con el de mis fantasías. Incrédula, dejé que las cosas siguieran su curso para ver qué pasaba.
La vida mundana comenzó a hacerse atractiva a mi vista. Guardé silencio, me mantuve quieta. No quería alterar el curso natural de los acontecimientos que golpeaban a mi puerta. Esperé a que solos llegaran a mí. De a poco, así como en un título de Hollywood, se comenzaron a suceder (uno tras otro) una serie de eventos, no desafortunados, pero sí fortuitos e intrigantes.
Elocuencia y Connotación
María Grevel escribió una canción a la cual llamó “Júrame”. “Todos dicen que es mentira que te quiero” dice ella. “Es mentira que te quiere” a mi me dicen. No hay como saberlo. El mundo y sus connotaciones han cambiado de una forma que ya no entiendo. Las palabras han perdido fuerza, y más aun, se ha desgastado su valor. El querer ya no es más que una conjugación, un pretérito que jamás llegará a un futuro, ni si quiera condicional, sino condicionado, pero aun así, un futuro al que nunca se podrá llegar, a menos que hablemos de presente, entonces el futuro se hace cada vez más lejano.
Siglos anteriores, la palabra de alguien lo era todo. Era más valiosa que un contrato de puño y letra. En la palabra de un hombre se empeñaba su honor. Hoy no sé si se dejó de valorar el honor, o el respeto a la palabra de alguien se perdió, así como el valor que se le otorga a su denotación, y peor aun, lo que significa para nosotros.
No podemos querer. Al menos yo no puedo. Es peligroso, es como hablar en idiomas diferentes. Para todos es distinto. ¿Cómo puedo saber si cuando alguien me dice “te amo” en realidad está queriendo decir que su “amor” es lo que yo entiendo por sólo un “querer”? ¿Qué dirá entonces cuando realmente ama? ¿Soy tu fan Nº 1? ¿You`re so cool?
Cuando la gente ama, suele decir que no puede vivir la vida sin esa otra persona. Yo creo que no amo. Se supone que bajo circunstancias normales, las familias se aman entre sí. Amor de un padre a un hijo, amor de una hija a su madre, o de un hermano a otro. Yo creí que amaba a mi familia, pero ya no. Los quiero, sí. Pero no los amo. ¿Cómo podría explicarse entonces que la persona que más uno espera que le ame, muera, y yo siga con vida?. Aunque bien aprendí, a punta de sufrimiento, que lo que más se ama siempre permanece. A veces creo que ella está conmigo aunque no pueda verla. Tal vez ese sea el amor. Creo que ese ha sido el único amor de mi vida, porque ha superado barreras inimaginables. Lo ha sobrevivido todo.
Es la única vez que empleé bien la palabra “amor”, y la única de la que no me arrepiento. Muchas veces tuve que repetirme a mi misma que lo que más se ama permanece. Así pude darme cuenta de qué es verdadero y qué no lo es.
Me rindo ante el hecho de que nunca nos pondremos de acuerdo al respecto del valor de las cosas que decimos. Primero cada uno debería tener claridad sobre sí mismo. Quién se es, como se siente, como se vibra, como se sufre. No todos piensan lo mismo sobre qué el amor es. Me parece que a cada uno se le podría hacer más fácil es describir lo que es el odio, la decepción, la traición, pero no el amor.
Tal vez una manera de entenderlo sería ir descartando aquellos valores que no lo representa. El odio es casi tan frecuente como el amor, pero es más elocuente. No tiene problemas para ser mencionado. Y con razón. Es más fácil el no esforzarse en hacer las cosas bien y ganarse el odio de los demás, aunque más fácil aun sea culpar a alguien más para no asumir nuestras fallas con los que se supone que nos importan.
He perdido la cuenta de cuantas veces he dicho que odio. Mi abuela me decía que era muy feo decirlo. Decía que el odio no cabía en el corazón de quienes tenían amor en sus vidas. “A dios, debes pedirle amor todos los días; que tu vida este llena de amor y dicha, así es la única forma de vivir como se debe”. Decidí escucharla. Ya no odio. Ahora solo ignoro, y pido que todo lo dañino se aleje de mi vida. Tampoco le deseo mal a nadie…creo. Desearle algún mal a alguien es en cierta medida, odiarse a sí mismo. Una persona que se aprecie de tal no debería permitirse esos sentimientos, después de todo, el odio lo sientes tú. El odio no golpea a la otra persona, no la deja en vela toda la noche ni le llena la cabeza de culpabilidad.
Todo nace en uno mismo. Eso lo aprendí recientemente, en uno de esos vaivenes del corazón buscando descanso. Y gracias a no sé qué, o tal vez a mi mamá, lo encontré. Y cuando mi corazón terminó con la agitación de hace años, cuando estaba a punto de detenerse, llegó mi paz, y nunca más la dejé ir. Comprendí que tenía que tener fe y optimismo, aunque suene como un cliché. La nube que me cubría los ojos se disipó, y pude volver a respirar profundo otra vez. Había olvidado lo que se sentía. Volver a expandir los pulmones, sin que duela, sin sentir una herida que punza.
Cuando sale el sol todo se seca. Así sucedió con todo lo que derramé. Ya no sentía leche derramada bajo mis pies, ni lágrimas en mi almohada. Me sentía liviana. Cuando se comienza desde ese punto es mucho más fácil continuar así, con claridad.
Siglos anteriores, la palabra de alguien lo era todo. Era más valiosa que un contrato de puño y letra. En la palabra de un hombre se empeñaba su honor. Hoy no sé si se dejó de valorar el honor, o el respeto a la palabra de alguien se perdió, así como el valor que se le otorga a su denotación, y peor aun, lo que significa para nosotros.
No podemos querer. Al menos yo no puedo. Es peligroso, es como hablar en idiomas diferentes. Para todos es distinto. ¿Cómo puedo saber si cuando alguien me dice “te amo” en realidad está queriendo decir que su “amor” es lo que yo entiendo por sólo un “querer”? ¿Qué dirá entonces cuando realmente ama? ¿Soy tu fan Nº 1? ¿You`re so cool?
Cuando la gente ama, suele decir que no puede vivir la vida sin esa otra persona. Yo creo que no amo. Se supone que bajo circunstancias normales, las familias se aman entre sí. Amor de un padre a un hijo, amor de una hija a su madre, o de un hermano a otro. Yo creí que amaba a mi familia, pero ya no. Los quiero, sí. Pero no los amo. ¿Cómo podría explicarse entonces que la persona que más uno espera que le ame, muera, y yo siga con vida?. Aunque bien aprendí, a punta de sufrimiento, que lo que más se ama siempre permanece. A veces creo que ella está conmigo aunque no pueda verla. Tal vez ese sea el amor. Creo que ese ha sido el único amor de mi vida, porque ha superado barreras inimaginables. Lo ha sobrevivido todo.
Es la única vez que empleé bien la palabra “amor”, y la única de la que no me arrepiento. Muchas veces tuve que repetirme a mi misma que lo que más se ama permanece. Así pude darme cuenta de qué es verdadero y qué no lo es.
Me rindo ante el hecho de que nunca nos pondremos de acuerdo al respecto del valor de las cosas que decimos. Primero cada uno debería tener claridad sobre sí mismo. Quién se es, como se siente, como se vibra, como se sufre. No todos piensan lo mismo sobre qué el amor es. Me parece que a cada uno se le podría hacer más fácil es describir lo que es el odio, la decepción, la traición, pero no el amor.
Tal vez una manera de entenderlo sería ir descartando aquellos valores que no lo representa. El odio es casi tan frecuente como el amor, pero es más elocuente. No tiene problemas para ser mencionado. Y con razón. Es más fácil el no esforzarse en hacer las cosas bien y ganarse el odio de los demás, aunque más fácil aun sea culpar a alguien más para no asumir nuestras fallas con los que se supone que nos importan.
He perdido la cuenta de cuantas veces he dicho que odio. Mi abuela me decía que era muy feo decirlo. Decía que el odio no cabía en el corazón de quienes tenían amor en sus vidas. “A dios, debes pedirle amor todos los días; que tu vida este llena de amor y dicha, así es la única forma de vivir como se debe”. Decidí escucharla. Ya no odio. Ahora solo ignoro, y pido que todo lo dañino se aleje de mi vida. Tampoco le deseo mal a nadie…creo. Desearle algún mal a alguien es en cierta medida, odiarse a sí mismo. Una persona que se aprecie de tal no debería permitirse esos sentimientos, después de todo, el odio lo sientes tú. El odio no golpea a la otra persona, no la deja en vela toda la noche ni le llena la cabeza de culpabilidad.
Todo nace en uno mismo. Eso lo aprendí recientemente, en uno de esos vaivenes del corazón buscando descanso. Y gracias a no sé qué, o tal vez a mi mamá, lo encontré. Y cuando mi corazón terminó con la agitación de hace años, cuando estaba a punto de detenerse, llegó mi paz, y nunca más la dejé ir. Comprendí que tenía que tener fe y optimismo, aunque suene como un cliché. La nube que me cubría los ojos se disipó, y pude volver a respirar profundo otra vez. Había olvidado lo que se sentía. Volver a expandir los pulmones, sin que duela, sin sentir una herida que punza.
Cuando sale el sol todo se seca. Así sucedió con todo lo que derramé. Ya no sentía leche derramada bajo mis pies, ni lágrimas en mi almohada. Me sentía liviana. Cuando se comienza desde ese punto es mucho más fácil continuar así, con claridad.
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